viernes, 21 de agosto de 2009

MUSEO REGIONAL NARIÑO



MUSEO DEL ORO







El Museo de Pasto pretende, básicamente, dos cosas: visualiza y concretar las investigaciones arqueológicas que se han realizado en el Departamento de Nariño en los últimos diez años, cuyos resultados están publicados en revistas especializadas de difícil acceso, traduciendo los datos científicos a un lenguaje accesible al público en general. En segundo término, proporcionarle al nariñense una visión histórica de su pasado indígena prehispánico.




Las fronteras políticas que hoy en día dividen a Ecuador y Colombia no existían en épocas prehispánicas. Nos referimos concretamente al área geográfica ocupada por la cultura Tumaco. La Tolita en la Costa Pacífica, y los altiplanos del Carchi e Ipiales, escenario natural de la cultura Protopasto. El Museo de Pasto ignora esta fronteras políticas y trata el problema del área cultural en su conjunto. Lógicamente, este enfoque tiene oposición por parte de cierto regionalismo local, incapaz de considerar el Carchi ecuatoriano como componente esencial de la cultura de los Pastos.


El anfitrión del museo, un cacique Protopasto tallado madera y vestido con una cusma de algodón, lleva en su mano izquierda un caracol de mar y, en la derecha un bastón de mando de madera de chonta forrado con una lámina de oro. Tiene diadema, nariguera orejeras de oro y está descalzo. ¿Cuál es la importancia de esta figura? Ante todo, darle a los diferentes objetos un soporte humano, es decir: humanizar esas piezas tan cargadas de valores simbólicos que desconocemos, valores que el occidental rara vez toma en cuenta porque no son los suyos. Con una mirada desprevenida pero atenta, quizá podamos entender que un objeto proveniente de lejanas ecologías, trasladado de mano en mano desde las orillas del Pacífico hasta los 3.000 metros de altura, cruzando territorios hostiles, haya significado tanto para sus poseedores. Es el caso de las cuentas de la concha Spondylus y de los caracoles marinos.
El Museo se inicia con un gráfico que muestra los diferentes pisos térmicos, desde el litoral (Tumaco) hasta la llanura amazónica, pasando por los manglares, la llanura del Pacífico, el pie de monte de la cordillera occidental, los valles interandinos, los páramos, las cumbres nevadas y el pie de monte de la cordillera oriental que fue el escenario múltiple de esta cultura y que lo es hoy el de los pescadores negros con sus atarrayas; de los mineros con sus bateas sacando el oro de aluvión de los ríos que vierten sus aguas al Océano Pacífico; de los indígenas y campesinos de los Andes nariñenses, de los indígenas del pie de monte amazónico. Está allí una región pluriétnica, marcadamente regionalista, con su desarrollo desigual.
En épocas prehispánicas, hubo desarrollos aislados: tempranamente la costa y tardíamente el altiplano. El recorrido del Museo va de lo más antiguo (Tumaco) a lo más reciente (Capulí y Protopasto), pasando por el Siglo XVI y la conquista Incáica, para terminar con el Barniz de Pasto, síntesis conceptual y formal de cierto tipo de pensamiento ancestral. Hay eslabones que unen el pasado y el presente, rasgos culturales que aún persisten entre las comunidades indígenas de Nariño: la reciprocidad, el trabajo comunal, los textiles, el trueque de ciertos productos por otros, el énfasis en la decoración negativa, el trabajo dispendioso de la madera, los danzantes de Corpus, pero hay lagunas, son pocos los datos que tenemos sobre los primitivos habitantes del territorio Quillacinga; no hay investigaciones sobre el norte de Nariño ni sobre el territorio de los Abad. ¿Quienes habitaban las estribaciones de la Cordillera Occidental? Es de esperar que el Museo genere preguntas, inquietudes, nuevas investigaciones que permitan enriquecer este panorama prehispánico del sur colombiano, ayudando a entender viejos problemas regionales, sobre las que aún nada sabemos.
En el montaje pesan mucho los silencios, las zonas oscuras y de penumbra, los espacios vacíos. Hay cierta dialéctica intencional en todo ello: es la sutil línea divisoria entre el mundo de los vivos (Sala I) y el mundo de los muertos (Bóveda), límite arbitrario impuesto por las necesidades de espacio y seguridad, mencionadas al comienzo.